La estadística del voto

Las elecciones en España se siguen (casi) como un partido de fútbol. El minuto a minuto, las mejores anécdotas y las declaraciones de los hombres, y mujeres, del partido, se repiten cita tras cita. Y hay algo que no falla en los días posteriores a la votación: las quejas sobre nuestro sistema electoral.

Yo también me he quejado, lo admito. Así que he decidido ponerme a aprender un poquito más sobre el tema, y descubrir si detrás de los números, había una historia (ya os adelanto que sí).

Casilla de voto

El sistema por el cual se reparten votos en nuestro país se basa en una ley orgánica de 1985, ampliamente inspirada en el sistema elaborado para las primeras elecciones tras la muerte de Franco, celebradas en 1977. Desde el momento de su aprobación, ha existido un constante debate sobre sus posibles efectos a largo plazo sobre el sistema democrático. Y en esas seguimos.

En España existe el derecho a voto para todos los mayores de 18 años (sufragio universal), y estos eligen la composición de dos cámaras: un Congreso con 350 diputados y un Senado con un número variable de miembros (266 en la actualidad). Las diferencias surgen en el reparto. Aquí es donde empiezan los números.

Lo que dice la ley

Vamos de lleno con los 350 diputados, repartidos en 52 circunscripciones (que son todas las provincias más Ceuta y Melilla). Se reparten de la siguiente manera: un mínimo de dos diputados por provincia (independientemente de su población) y uno para cada ciudad autónoma, sumando 102. El resto (248) se otorgan en función de toda la población en edad de votar -y no en función del censo electoral. Esto está fijado por la ley electoral esa de 1985.

El reparto de votos para cada escaño se decide según una regla estadística llamada Ley D’Hondt, la misma que muchas veces ha sido señalada como causa de las asimetrías de nuestro sistema (aunque, ya veremos…). A pesar de ser una regla que de por sí premia a las mayorías, la ley electoral española introduce a mayores una barrera en el 3% de los votos. Los que se quedan por debajo del límite en cada provincia se quedan sin participar en el reparto de escaños.

Este porcentaje se calcula sobre el total de votos de la circunscripción, incluyendo los votos en blanco pero no los nulos ni las abstenciones. Es decir, el único efecto (en términos de números) que pueden tener los votos blancos es que, al sumarse al total de votos, más partidos se pueden quedar por debajo del 3%. Votos blancos, nulos y abstenciones no cuentan, sin embargo, para el reparto de asientos en el parlamento.

Además, a esto le sumamos que las listas de cada partido son cerradas (no se puede votar a distintos candidatos) y bloqueadas (no se puede alterar el orden de los candidatos en la lista). De hecho, aunque las circunscripciones provinciales están pensadas para favorecer que haya representantes de todas las zonas, muchos diputados no tienen apenas relación (y ninguna responsabilidad) con la provincia por la son elegidos.

politico recien elegido

Antes de continuar con el Congreso, cabe destacar que el Senado sigue un sistema muy diferente, ya que los senadores (cuatro por provincia, tres por Mallorca, Gran Canaria y Tenerife, uno por cada isla menor y dos por cada ciudad autónoma) se eligen por sistema mayoritario. Esto es, las listas más votadas se los llevan todos. Además, cada comunidad autónoma elige un mínimo de un senador y otro más por cada millón de habitantes de su territorio.

La Ley D’Hondt

Volvamos a nuestro parlamento, que es al final, donde reside el mayor poder legislativo.

Y a Victor D’Hondt, un belga, profesor de derecho civil en la universidad (también belga) de Gante. Vivió hasta 1901 y en 1878 ideó el sistema de reparto de votos que lleva su nombre y que hoy se usa en multitud de países alrededor del mundo, como Argentina o Brasil en América Latina, Bulgaria, Austria o Finlandia en Europa, y hasta en el lejano Japón.

La regla D’Hondt reparte los escaños de la siguiente manera. Los votos conseguidos por cada partido se dividen entre 1, 2, 3, 4… hasta el número de asientos que se reparten por circunscripción (o provincia. Y los escaños se van otorgando de mayor a menor en función del cociente.

Pongamos que hay cinco partidos que pelean por cinco escaños (el rojo señala quién se lleva el escaño según D’Hondt):

tabla de ejemplo

Como se puede ver, el sistema premia a los partidos mayoritarios con dos escaños cada uno y desprecia a los minoritarios. Es más, si se repartiese un escaño más, este volvería a ir al partido A, y solo el séptimo escaño iría a parar el partido D.

Siendo simplistas, en este ejemplo con números tan bajos, el reparto quedaría igual con un sistema puramente proporcional. Pero la cosa cambia un poco con números más grandes.

Las desigualdades del sistema electoral

Sin embargo, la gran asimetría del reparto de votos en España no está tan motivada por la propia ley D’Hondt, aunque haya sido descrita como “la menos proporcional de las reglas proporcionales existentes”, como por la cantidad de circunscripciones.

Pongamos que el ejemplo anterior es una provincia que reparte cinco escaños. Los 30 votos del partido D y los 10 del E se quedan sin escaño. Pongamos que esto les sucede a ambos partidos en 40 provincias, en las que sacan los mismos votos. Tendríamos que el partido D, con 1200 votos, y el partido E con 400, se quedan sin representación parlamentaria. Y al partido A, en la provincia del ejemplo, solo le hicieron falta 100 votos para conseguir dos escaños. Pongamos que el partido A se llama PP o PSOE, y el D y el E, Izquierda Unida y UPYD, y los vicios del sistema electoral español empezarán a tomar forma.

Por eso que, en realidad, cuando se muestran los típicos gráficos de cuántos votos le hacen falta a cada uno para conseguir un escaño (por cierto, muy bueno el especial de gráficos de eldiario.es), la imagen que se busca dar no se ajusta completamente a la realidad. Los votos por escaño y por circunscripción son los mismos para cada partido, el problema llega de todos los sufragios que se desperdician por no alcanzar el mínimo necesario. De hecho, en la mayor parte de las circunscripciones, los partidos con menos del 10-15% de los votos se quedan sin representación.

Por último, teniendo en cuenta que hay un mínimo de dos diputados por provincia, se premia a las provincias pequeñas en las que hacen falta menos votos para lograr un escaño que, por ejemplo, en Madrid o Barcelona.

En la siguiente tabla se representa la población y el número de escaños de cada circunscripción; la relación entre habitantes y diputados en cada circunscripción; y el coeficiente de representación (CR), resultante de dividir el porcentaje de población entre el porcentaje de escaños en cada circunscripción.

tabla de votos

Lo que se observa a simple vista es que las provincias más rurales y menos pobladas están sobrerrepresentadas -y Soria es el caso más extremo- y las grandes ciudades infrarrepresentadas. Llama la atención que, en las provincias donde muchos aseguran que los partidos nacionalistas obtienen su excesivo poder, la representación es bastante exacta. “El sistema electoral no aumenta el poder de los nacionalistas, porque les asigna un porcentaje de escaños casi proporcional a sus votos”, afirma en su análisis el catedrático de la Universidad de Sevilla, Jesús Mario Bilbao Arrese. Así que, en realidad, los partidos nacionalistas parecen ser los únicos que se llevan lo que se tienen que llevar.

Ley D’Hondt psicológica

Cuando se celebraron las primeras elecciones tras la muerte del dictador Franco, el Congreso estaba bastante más fragmentado de lo que ha estado en los últimos años (las elecciones del 20D nos han dejado otra realidad). Había 12 partidos con representación parlamentaria y, aunque los dos partidos mayoritarios (la UCD y el PSOE) concentraban muchos votos, el Partido Comunista (hoy integrado en Izquierda Unida) contaba con 20 diputados y Alianza Popular (germen del Partido Popular) con 16. Pero con el tiempo, el bipartidismo se hizo fuerte.

“A esto ha contribuido el libre ejercicio del derecho de sufragio por parte de los electores y, en una menor aunque no desdeñable medida, la progresiva adecuación del comportamiento de los votantes a la dinámica generada por el propio sistema (lo que se conoce como “efecto psicológico”)”, explica un informe del Consejo de Estado sobre el sistema electoral español.

Tiene lógica. “Una vez conocido el elevado coste de la obtención de un escaño en las primeras elecciones, numerosas formaciones políticas sin expectativas de obtener diputados por sí mismas renunciaron a participar en sucesivos comicios o unieron sus fuerzas a otras, al tiempo que los electores orientaban su voto hacia aquellas candidaturas con mayores posibilidades de victoria”.

dudas

 

¿Qué se puede hacer?

Cada vez son más voces las que piden cambios en la ley electoral, cada una con su receta. Hay cambios que incluso requerirían modificar la Constitución -y eso ya sabemos que (casi) nunca se hace-. Aquí van algunas de las ideas propuestas a lo largo del tiempo.

  • Las reformas más fáciles:
    • Aumentar el número de parlamentarios a 400 (lo permite la Carta Magna)
    • Reducir a uno el número de parlamentarios mínimos por provincia (para disminuir la sobrerrepresentación de las provincias pequeñas)
    • Aplicar una ley estadística más proporcional como las reglas de Hare (se ha utilizado en Alemania o Grecia), Droop (Irlanda y Australia) y Sainte-Laguë (Noruega, Dinamarca y Ecuador)
    • Eliminar la barrera del 3%
  • Las más ambiciosas (cambiando la Constitución):
    • Eliminar las circunscripciones provinciales y hacerlas de mayor tamaño, por ejemplo, según comunidades autónomas
    • Establecer una única circunscripción estatal
    • Para preservar el peso de los diferentes territorios, también se ha propuesto que una parte de los parlamentarios se elija por circunscripción única a nivel estatal y otra parte en función de circunscripciones más pequeñas
  • Otras ideas:
    • Buscando incrementar la democracia del sistema, también se ha propuesto que los votos en blanco computen como escaños vacíos, abrir y desbloquear las listas de cada partido, o revisar los mandatos anualmente con una moción de confianza

 

Espero que esto no haya sido demasiado largo. Ni demasiado tostón.

Yo ya no sé qué opinar. Estaba mejor antes de leer todas estas cosas. Aunque me sigo sintiendo un poco estafado. ¿Qué pensáis? ¿Es todo culpa de los números? ¿Estamos bien como estamos o hay que cambiar el sistema? ¿Conocéis los casos de otros países? Comenten, comenten. Y disfruten de lo que queda de 2015.

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